sábado, 15 de marzo de 2014

Je t'aime.

Si nos dieran un euro por cada vez que podemos afirmar que estamos viviendo, por cada vez que estamos a la altura de las circunstancias, por cada momento que pasamos sin saber que en realidad está pasando seríamos pobres. Y no sé, supongo que tenemos poco de eso cuando el mundo, la sociedad en sí, no te deja vivir. Estrés, estrés, estrés durante todo el año, cursos que acabar, exámenes que aprobar, trabajos para ayer, horarios inflexibles e inacabables que afrontar día sí y día también. 
Por eso, deberíamos disfrutar de las pequeñas o grandes cosas que con esfuerzo conseguimos que vayan adelante.
Y por eso os hablaré de un trozo de mi existencia, o de París, una ciudad que me cautivó ya cuando tenía cinco años, y dejé por primera vez las fronteras de este país para llegar a la maravilla parisina. Es cierto que tan pequeño, tan inexperto y tan "papá, no quiero andar más" uno no aprecia lo que tiene delante, por muy impresionante que sea. Gajes de la infancia. De pequeños valoramos otro tipo de cosas, cosas importantes que perdemos de adultos. 
Mi suerte fue poder volver a pisar sus aceras llenas de historia el verano pasado. Después de un no tan corto y si bastante intenso viaje recorriendo distintas ciudades europeas volví a ver a mi vieja amiga, la cual seguía igual de preciosa pero había cambiado demasiado a mis ojos. 
Antiguas calles de piedra que atraviesan Montmartre, árboles desnudos y el arte en la brisa. Pintores, artistas callejeros, talento escondido en cada poeta que escribe sobre el amor y la soberbia en la cafetería de la esquina, y que tiene descuento los martes, por puro marketing. Escalones desesperantes con un "ha merecido la pena" al final. Grandes construcciones únicas que multiplican su valor por cada mirada que reciben. Miradores por las nubes que orgullosos te muestran la totalidad de la octava maravilla del mundo, la cual se baña en niebla y en tormentas nocturnas. El calor de la tarde, el frío de la mañana, el café caro de estancias cercanas a la Torre Eiffel y el queso por profesión de cientos de personas. Los secretos y promesas que se esconden en cada candado de Pont des Arts. Las gárgolas que ocultan al jorobado en Notre Dame. El capítalismo y grandes negocios de La Défense. Historias estudiadas en la Place de la Bastille. Las canciones compuestas y los libros de segunda mano del Barrio Latino. Las fotos a las orillas del río Sena y el agobio que supone ver todo lo que te puede ofrecer.
Gracias, gracias y gracias por existir París. Te declaré amor y te prometí volver a pisarte. Volver a estar tan cerca del arte como estuve no hace mucho, como estaré dentro de poco.

PD: milésimas de segundo en el carrete digital; 










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