Grande o pequeño, siempre tenía un pensamiento de ti entre mi estómago y mis pulmones.
Te pedía que vinieras, una y otra vez, que me dieras la sorpresa de mi vida preguntando siquiera si me va bien, <<Eh Carlos, ¿qué es de tu caos?>> pero siempre te han dado miedo las tormentas. Lo entiendo. Lo vuelvo a aceptar, es de madrugada.
No sé que escribo, pero si lo que quiero escribir. Algo así me pasaba contigo. Te sentía la cocaína que nunca he probado y mi vicio de los ratos libres.
Joder, que destrozas el poco arte que tengo y quemas el resto. Lo incendias para que se esfume con la corriente de aire que también quiere hacerme a mí volar.
Y vuelo, y vuelo para caer en ti. En tus vicios de verano, cuando siempre me ha gustado más octubre (es más poético). En tus inviernos con flores que no caen, pero que están muertas. Muertas como mis ganas de ser yo sin un tú, o como mis ganas de querer pisar el agua sin sentir su profundidad. Hay gritos en cada uno de los silencios que siempre ha habido entre nosotros. Gritos de incomprensión que luchan entre ellos pero que nunca vencen. Esta guerra sólo puede ganarla eso que tú y yo nunca tendremos: cordura.
Porque odio que me gustes más que la música de Damien Rice, y odio que me hagas cosquillas para picarme después. Porque me picas, así que ráscame.
Porque en los pasillos de mi vida hay muchos demonios que no se van, y un único ángel.
(Y tú estornudas un momento porque alguien se ha acordado de ti.
Me pregunto quién será.)
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