Cerrar los ojos lo suficientemente fuerte para no hacerse daño, y soñar lo suficientemente bajo para que nadie pueda oírlo. Vidas retratadas que admirar. Halagos que no creer, errores que hacer tuyos. Momentos que necesitas olvidar. Recordar que dolía. Querer el don del tierra-trágame, y sentirte más pájaro que persona.
Pájaro que vuela para perderse, para no pertenecer. Para formar parte de un cielo que no existe, que se avergüenza a las putas siete y ventitrés de la tarde, y que muestra la verdadera realidad, lo oscuro, la nada.
Ser la catástrofe personificada, y no buscarle importancia. Ser pesado sin hablar. Ser alto sin crecer. Decirle a tu alma que la quieres, y que odies el resto. Jugar a no llorar por las noches, autoregalándote chocolate con cada victoria. Evitar la batalla que nunca vas a ganar. Huir de lo que te haga sentir vivo, para no morir después de que eso acabe. Escribir con los ojos cerrados, escupiendo palabras (como ahora), buscando no buscar, encontrando nada, y recogiendo lo que no he sembrado.
Admirar el arte, y no tener nada de él en sangre. Ser el plato roto de la vajilla que esculpieron una vez, cuando todo era diferente. Ser algo distinto, y algo curioso, igual que el resto.
Sentir que estás en un presente que no te pertenece, entenderlo al pensar en tu pasado, y no plantearse un futuro por miedo a que sea el futuro el que la tome contigo. Ser un puto anormal, y agachar la cabeza al hablar.
Gritar que quieres un lugar en el mundo y que te conteste tu propio eco, diciéndote que eso no es para ti, que es para otras personas.
Y luchar por conseguirlo. Y luchar. Y luchar.
¿Para qué?

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